¿PODEMOS EVITAR LA INTEGRACIÓN ?

Nota previa: los puntos de vista de los autores publicados en esta Revista, no reflejan necesariamente, los del Instituto Centroamericano para la Integración-ICI

Algunos puntos básicos

Para responder a la pregunta del título de esta nota, viendo al futuro, los países centroamericanos no podrán vivir sin Centroamérica: la integración es inevitable.

Esto es así, en la realidad cotidiana (que nos empuja hacia ello, la veamos o no la veamos). Y es, además, una realidad en términos políticos y jurídicos, entre ellos, la existencia del Sistema de la Integración Centroamericana-SICA: Costaría más en términos políticos e históricos, dar marcha atrás, que seguir adelante.

Reforzando esta afirmación, en el Artículo 1 del Protocolo de Tegucigalpa a la Carta de la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA), la región centroamericana se autodefine clara y tajantemente, como una “comunidad económico política”:

“Artículo 1. Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá son una comunidad económico política que aspira a la integración de Centroamérica. Con tal propósito se constituye el SISTEMA DE LA INTEGRACIÓN CENTROAMERICANA, integrado por los Estados Miembros originales de ODECA y por Panamá, que se incorpora como Estado Miembro”.

Y en el Artículo 1 del Protocolo al Tratado General de Integración Económica Centroamericana (Protocolo de Guatemala), se reafirma:

Artículo 1. Los Estados Parte se comprometen a alcanzar de manera voluntaria, gradual, complementaria y progresiva la Unión Económica Centroamericana (…).

Entonces, al reconocerse como una comunidad conformada por estos Estados y pueblos en el Protocolo de Tegucigalpa, esta comunidad se fija luego el objetivo práctico de llegar a una “unión económica centroamericana”, en el Protocolo de Guatemala. Son formulaciones muy poderosas.

Además, a estas alturas del siglo XXI, el crecimiento del mercado mundial, la internacionalización de la economía y sus procesos de producción, distribución y consumo, no dejan alternativas más que el crecimiento desde lo nacional, hacia lo global…y en la ida y venida de las crisis mundiales de la globalización, del multilateralismo y los efectos de guerras y pandemias, la fórmula más efectiva, lógica y práctica, del nuevo desarrollo, es la integración regional.

No se puede negar el debate actual, que anuncia el supuesto fin de la civilización globalizada, por la crisis de producción, abastecimiento, logística, en parte ligadas a los efectos de la pandemia interminable del coronavirus, de las guerras civiles y entre países (Rusia vs. Ucrania) y el resurgimiento de corrientes políticas ultranacionalistas en el Primer y Tercer Mundo. Pero el debate de la crisis de la globalización ya se había planteado años atrás.

Por ejemplo, el informe “Por una globalización justa: crear oportunidades para todos (2004),  elaborado por la Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización en el marco de la Organización Internacional del Trabajo- OIT, llama a «replantear con urgencia» el llamado proceso de globalización. El informe sostiene simultáneamente que la globalización:

«ha abierto las puertas a numerosos beneficios. Ha propiciado sociedades y economías abiertas, así como una mayor libertad para el intercambio de bienes, ideas y conocimientos”, pero que, no obstante, «en el funcionamiento actual de la economía global se observan desequilibrios persistentes y profundamente arraigados, que resultan inaceptables desde un punto de vista ético e indefendibles desde el punto de vista político… Para una gran mayoría de mujeres y hombres, la globalización no ha sido capaz de satisfacer sus aspiraciones sencillas y legítimas de lograr un trabajo decente y un futuro mejor para sus hijos».

La globalización es vasta y, es injusta.

Cadena de suministros. Ya el mundo occidental se había alarmado de esta enorme como espontánea red mundial de producción y suministros, cuando en el inicio de la pandemia del coronavirus, se percató horrorizado que el 80% de la capacidad productiva del Paracetamol, estaba en China, un competidor político y de mercado de occidente. Las grandes empresas globales, atraídas por la ganga de los bajos costos y regulaciones ambientales, laborales y de seguridad de China o India, habían relocalizado sus cadenas de negocios, sin pensar en otras consecuencias, más que el mayor lucro. Esta relocalización, alteró totalmente las cadenas de suministros que habían venido funcionando históricamente.

Aún más, en el inicio de la pandemia del coronavirus, ya se advertía que “las personas hospitalizadas con covid-19 recibirán sedantes si están conectadas a un respirador. Necesitarán antibióticos si contraen una infección bacteriana. Y necesitarán medicamentos para aumentar su presión arterial si se vuelve peligrosamente baja. El 90% de los materiales químicos para fabricar todo eso provienen de China«, como declaró en su momento (junio 2020), Rosemary Gibson, una experta de la industria y asesora del instituto de investigación bioética, The Hastings Center, a BBC Mundo.

A esto, han reaccionado las grandes potencias rivales. Es el caso de Estados Unidos, donde el presidente Joe Biden, emitió el 24 de febrero de 2021 una orden ejecutiva sobre las “Cadenas de Suministro de Estados Unidos” en la que afirma que “Estados Unidos necesita cadenas de suministro resistentes, diversas y seguras para garantizar nuestra prosperidad económica y seguridad nacional. Las pandemias y otras amenazas biológicas, los ataques cibernéticos, los choques climáticos y los eventos climáticos extremos, los ataques terroristas, la competencia geopolítica y económica y otras condiciones pueden reducir la capacidad de fabricación crítica y la disponibilidad e integridad de bienes, productos y servicios críticos”.

¿Será? Un movimiento hacia atrás de este tipo como el que orienta Biden, ¿será factible como solución a aquel tipo de globalización, que hace traer el paracetamol desde China o India? En realidad, es poco probable que las grandes empresas globales, aun con el problema ruso-ucraniano, disloquen sus cadenas productivas y logísticas internacionales, se retiren en los sitios donde sus ganancias se han maximizado y los controles son más relax, donde está focalizada la mano de obra calificada pero barata, la energía, la tecnología, etc., pero es innegable que hay y habrá movimientos de ajuste por motivaciones nacionales y nacionalistas en la autosuficiencia en la cadena de suministros, al menos la que buscan las grandes potencias.

Entre la radicalidad de la plena nacionalización de las cadenas de producción y suministro y aquel tipo de globalización desmesurada que no toma en cuenta el alto riesgo en los factores de crisis actuales, la regionalidad parece emerger como una solución tan sensata como necesaria. La región se convierte así en un eslabón indispensable por su dinamismo, en esa contradicción excluyente entre el globalismo-nacionalismo, entre lo internacional y lo interno de los países. Esto puede ser visualizado, siendo la regionalidad una especie de bisagra entre el multilateralismo, la globalización y el derecho internacional, con el bilateralismo, el nacionalismo y el derecho nacional. Siempre coexistirán esos polos, pero la regionalización parece ofrecerse como la solución armónica de esas contradicciones.

Esto nos lleva a que Centroamérica tendrá que enfocarse en tres líneas estratégicas:

1) El fortalecimiento de la región como mercado interno, lo cual le daría un colchón de seguridad ante su dependencia a los mercados y sus crisis cíclicas o coyunturales extra regionales,

2) Mejorar su competitividad y productividad frente al fortalecimiento continuado de sus competidores extra regionales. Esto requiere decisiones políticas en lo nacional, políticas, programas, proyectos y actividades, incluyendo la dotación de recursos de apoyo, todo con visión regional, comunitaria y

3) Convertirse en un territorio homogéneo de atracción de inversiones e industrias.

Una necesaria «bisagra»

Este sería un modelo entonces administrando dos fuerzas aparentemente contradictorias:

Hacer de nuestros países un solo mercado interno (integración política, económica y social total ante terceros) mientras, también de conjunto, nos insertamos al mercado multilateral, al fenómeno de la globalización, aun con los ajustes que, de hecho, se le están replanteando. Esto último, hay que decirlo en claro, debe hacerse ”juntos y revueltos”, a pesar de lo que se estipula, desafortunadamente, en los instrumentos jurídicos de la integración centroamericana ( Ver artículos 6 y 52 del Protocolo de Guatemala)[1].

Ese panorama indica que el modelo de integración centroamericana ya se está agotando (por su naturaleza y por su baja aplicabilidad en la práctica).

Y no sólo en lo cotidiano coyuntural (más de 50 años haciendo y hablando lo mismo, sin grandes efectos en la competitividad, productividad y sin mejorar nuestra defensa ante la apertura comercial), sino tomando en cuenta la mencionada visión prospectiva, el camino del próximo futuro.

Siendo realistas, debido en parte a la crónica debilidad de ejecución del marco jurídico e institucional y la baja realidad de la supranacionalidad, la región centroamericana no ha desarrollado resultados visibles que conduzcan a la Unión Económica ni se ha constituido, como dice el Artículo 1 del Protocolo de Tegucigalpa, en “una comunidad de estados que aspiran a su integración” ni se ha logrado el surgimiento y operación de una “ciudadanía centroamericana”.

Es una integración basada en el espíritu de disidencia y defensa de la soberanía nacional de cada Estado y no en el espíritu de convergencia y desarrollo de la soberanía comunitaria, de la regionalidad.

Estrictamente, los mismos conceptos de “Sistema”, “Integración”, “Región” señalan esa restricción auto impuesta, cuando la integración real y la regionalidad avanzan más y mejor a nivel de lo económico, lo social, lo financiero, lo empresarial, lo infraestructural, comunicacional, ¡y hasta lo delincuencial!, que lo que lo hace esa inter-gubernamentalidad, que es de hecho, una pantomima nacionalista de integración, de la que seguimos prisioneros y limitados.

Nuestros países deberían superar eso “sistémico” y pasar a constituirse efectivamente, como “Comunidad Centroamericana de Naciones”, tal y como lo expresa el Protocolo de Tegucigalpa.

En lo económico, superar eso de Subsistema de Integración Económica, para constituirnos efectivamente como la Comunidad Económica Centroamericana, el mercado interno que tanto puede ayudar en medio de la complejidad presente.

La globalización es vasta y es injusta. La regionalidad es también vasta y, puede ser aún más justa. Y como se afirma al principio de esta nota, los países centroamericanos, no podrán vivir sin Centroamérica: las circunstancias hacen que la integración sea inevitable.


[1] El Artículo 6 del Protocolo de Guatemala, expresa el principio de las velocidades relativas en la integración: (…) “Lo cual significa que todos o algunos Miembros podrán progresar con la celeridad que acuerden dentro de ese proceso”. El Articulo 52 expresa que “Las decisiones de los órganos del Subsistema Económico se adoptarán mediante el consenso de sus miembros. Ello no impedirá la adopción de decisiones por algunos de los países, pero sólo tendrán carácter vinculante para éstos”.

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